viernes, 19 de febrero de 2010
Viernes tarde.
Como los Lucky Strikes, como las Milan 345, como todo, las semanas se acaban. Y se acaban en viernes. En viernes te olvidas de toda la mierda que de lunes a jueves te persigue de las siete de la mañana hasta las doce de la noche. Hoy a lo mejor baja a Madrid mi amiga la bajita de Alcalá. Pienso en todo esto apoyado en mi ventana sobre Vinateros. Se ve todo. El instituto, el metro, las farolas. Y sobre todo ello, el cielo azul lleno de nubes como unos vaqueros gastados. Sopla suave el viento que entra por el cuello de la camisa, y los árboles se mecen con él, bailando una danza misteriosa que agita sus ramas desnudas y marrones. La tarde cae, silenciosa, tras la comida. A esta hora empieza el fin de semana, con la melancolía y el sueño del viernes a las tres. Pienso en tantas cosas que mi mente se desvenece, como el cigarrillo que tengo en mi mano, como los coches que pasan volando por el camino, y desparecen en una confusión de humo y grises, como la vida, que como un suspiro al anochecer, algún día desaparecerá. Lo siento, pero es que los viernes me ponen jodidamente filosófico, y me pongo a soltar estas mariconadas. Esta tarde me voy a dejar de mariconadas.
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